ELIA ARMERO
Uno de los temas más recurrentes de las últimas semanas, no demasiado tranquilas, ha sido el de la modalidad audiovisual denominada “telebasura”. Al parecer, se trata de un cúmulo de inapropiados contenidos de la programación de los medios audiovisuales, donde destaca por mayoría absoluta la televisión. El término "telebasura" da nombre a un modo de hacer televisión caracterizado por explotar el sensacionalismo, el morbo y el escándalo como palancas de atracción de la audiencia.
El tema es complicado. Estamos envueltos en una espiral donde se justifican las actuaciones según la típica ley de la oferta y la demanda. ¿Hasta qué punto ello condiciona la presencia de la “telebasura” en las parrillas televisivas? ¿De verdad nos interesa el contenido que se nos aporta? Según algunos, es primordial, puesto que explican que los telespectadores somos quienes decidimos, quienes solicitamos qué queremos ver a través de determinadas cifras de audiencia, y es por esta razón por lo que nos bombardean con programas de esta tesitura. Si fuera así, sería lógico pensar que tenemos lo que nos merecemos.
Por el contrario, otra postura afirma que la verdadera causa de que estos aberrantes contenidos invadan nuestras televisiones es, ni más ni menos, el afán por conseguir beneficios, al precio que sea necesario. Y, de este modo, en un período no superior a los diez años, hemos visto cómo se han reproducido intensamente los programas que dedican su tiempo a informar acerca de la vida privada de las personas populares del país. Programas que gozan de buena salud, ya que su audiencia supera incluso la de los telediarios más prestigiosos.
Desde siempre ha existido este tipo de espacios, en los cuales los admiradores de un deportista, un actor o un cantante han podido conocer más a fondo la personalidad de su ídolo. No obstante, en estos momentos, el asunto se ha desbordado. Ya no interesa la actualidad, la noticia, lo novedoso… Se ha abandonado todo eso para dar lugar a una serie de acontecimientos bochornosos: divorcios, peleas, acusaciones, insultos, humillaciones, etc. Este tipo de programación se ha permitido la licencia de enjuiciar, cual juzgado de guardia, todo cuanto acaezca alrededor de algunos personajes populares.
Históricamente, la sociedad española ha sido representada y caracterizada como cotilla y chismosa, interesada por la novela rosa de Corín Tellado, antes que por la literatura clásica de Cervantes, pongamos por caso. En términos televisivos, solamente un grupo reducido selecciona contenidos de más alto nivel. Y poco a poco, hemos llegado a un punto en el que un determinado segmento social, que busca otro tipo de contenidos, no obtiene otro producto televisivo diferente al mencionado, por lo que se ve abocado a pasar por las directrices que imperan en el momento. Se ha prostituido la realidad, mediante la elaboración de una nueva, inventada, fantasiosa y maleducada.
Si acudimos directamente a los telespectadores, pocos serán los que admitan que realmente les gusta la programación televisiva actual. ¿Falsa moral? No puede saberse. Lo que sí parece cierto es que más de la mitad de la población actual califica la televisión de poco objetiva y alborozadora, pero a su vez, todos conocen la más reciente actualidad del mundo del corazón. Y el verdadero problema surge cuando este escándalo aparece emitido en horario infantil, aportando a los niños, el futuro, una educación y socialización que deja mucho que desear. Los niños tienen más próximo a ellos a Dinio y toda esta gente que vive del cuento, que a escritores, intelectuales o políticos, los cuales son unos eternos desconocidos para algunos. Según se ha denunciado en los últimos tiempos, en la franja de la tarde hay algunos programas, denominados de testimonio, en los que determinados personajes anónimos que ansían un puesto de famosillos sacan al aire sus vergüenzas privadas a cambio de unos miles de euros. Mientras tanto, los niños tienen libertad para manejar el poderoso mando a distancia y hay quien piensa que exponerlos a esas desvergüenzas y morbosidades es algo que hay que evitar a toda costa.
¿Cuál es la solución, si la hay? Difícil respuesta. Hemos aparcado la reflexión, para emprender otro camino, más ocioso, pero más dañino y desmoralizante, y hasta que no consigamos integrar la dignidad, puede que la única opción sea combatirlo mediante la pantalla negra del televisor apagado.
- Artícle publicat en gener de 2005 al periòdic digital Opinar.net.
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